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Frias

12/02/2010

Frias

 
 

El pequeño núcleo fortificado de Frías luce con orgullo un pasado cargado de títulos, honores y batallas que para sí quisieran grandes urbes. Sin ir más lejos, en 2002 celebró el octavo centenario de la concesión del fuero por Alfonso VIII de Castilla. El título de ciudad le llegó en 1435, por disposición del rey Juan II. Frías, la ciudad más fuerte del valle de Tobalina y la más pequeña de España con este título, se eleva en una encrucijada de calzadas romanas, a muy corta distancia del Ebro. Apenas supera los tres centenares de habitantes, pero puede presumir de ser un ducado (el de Frías) en activo.
El puente
La mejor manera de entrar en Frías es por el puente de 143 metros que atraviesa el Ebro. Le llaman romano, pero en realidad es de factura gótica y se asienta sobre nueve arcos anclados en la roca. Es una obra de ingeniería de tiempos de Alfonso VIII que destaca por la torre de ‘portazgo’, donde pagaban peaje arrieros y mercaderes.
La parte ribereña de la ciudad está protegida por el recinto amurallado, con el castillo y su torre de homenaje en un extremo, y la iglesia de San Vicente, que también tuvo labores defensivas, en el otro. En medio se abre la puerta de Medina, por donde entraban los Velasco, señores de la ciudad. Los acantilados del barranco del Molinar convierten en inexpugnable la vertiente que mira a los montes Obarenes. Destacan las casas colgantes, afortunadamente rehabilitadas con gusto.
 

La torre del homenaje

El casco antiguo es una hermosa cuesta, con calles empedradas que nos conducen siempre a lo más alto de La Muela. Las casas no son espectaculares, pero atesoran historia. Las mejores son las que fueron levantadas en el siglo XVI. También tuvo aljama judía y sinagoga, de las que no queda ni rastro.
El alto está ocupado por la iglesia de San Vicente, con un bello interior donde destacan sepulcros platerescos; la explanada del mercado de granos, también coso taurino, y el castillo. Se accede a su interior por un puente levadizo. Los muros y torres están restaurados, pero no así sus habitaciones interiores. Los más valientes puede encaramarse a la torre del homenaje. La vista desde lo alto no tiene parangón.
Calamidades históricas
Las catástrofes y calamidades no han hecho mella en el ánimo de los fredenses. La torre de homenaje del castillo, en sorprendente equilibrio sobre un peñasco carcomido por el tiempo, se derrumbó en 1830 y causó la muerte a treinta personas. La torre de la iglesia románica de San Vicente también se vino abajo en 1904 y arruinó parte del cenobio. Para reconstruir el templo vendieron la portada de la iglesia a los americanos. Restaurada, se puede admirar en el Museo The Cloisters de Nueva York.
Trepar por las cuestas, unido al aire vivificante que viene del Humión, desata el apetito del viajero. La oferta restauradora es limitada, pero la calle del Mercado reúne tres establecimientos donde reponer fuerzas.
Atractivos naturales
Un vistazo desde lo alto del pueblo es suficiente para darnos cuenta de que estamos en medio de la naturaleza: el valle, a nuestros pies, y la montaña, en el horizonte.
El valle está cruzado de rutas balizadas, pero los que no sean tan ambiciosos pueden darse un suave paseo por la vega del Ebro, acondicionada como zona de esparcimiento en el entorno del puente viejo. Los aficionados al senderismo tienen también muy cerca el Espacio Protegido de los Montes Obarenes, con multitud de rutas montañeras.
 
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